La investigación sobre síntomas emocionales durante la Pandemia

18 de Feb, 2021

Por Carlos Iván Orellana, director del Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, UCA-UDB

Los problemas de salud mental en el mundo han cobrado un protagonismo creciente. En 2019, sin que la pandemia apareciera aún en el radar de las preocupaciones colectivas, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) estableció que los problemas de salud mental ya constituían la principal causa de discapacidad en el plantea. Ahora, con algo más de un año de pandemia a cuestas, tal relevancia se ha tornado indiscutible.

Aunque la gama de problemas de salud mental es amplia y de distinta complejidad, el estrés, la ansiedad y la depresión destacan como síntomas emocionales de especial interés para entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en las iniciativas de investigación. Esto es así porque se trata de afecciones frecuentes y comunes, pero comórbidas (es decir, que se potencian y agravan mutuamente) que pueden derivar en severos problemas de salud y de desenvolvimiento cotidiano.

A grandes rasgos, el estrés puede ser comprendido como un estado de activación y alerta; la ansiedad constituye una emoción de preocupación y anticipación; la depresión, por su lado, conlleva sentimientos profundos de tristeza. Se trata de emociones que surgen en respuesta a una mezcla compleja de las demandas del medio y los recursos disponibles del individuo para afrontarlos.

Los síntomas emocionales constituyen reacciones psicofisiológicas que todo mundo experimenta en algún momento de la vida. Se supone que son estados pasajeros que, por ejemplo, deberían manifestarse mientras dura un período álgido de trabajo, cuando se enfrenta un peligro momentáneo o se atraviesa un duelo. No obstante, en ocasiones, la demanda no cede, los recursos de afrontamiento son insuficientes y la sintomatología emocional se ramifica y profundiza.

Precisamente la pandemia ha configurado una circunstancia inédita, súbita y sostenidamente exigente. Multiplica problemas y situaciones extraordinarias, como la amenaza de infección, el confinamiento prolongado, la reiteración de malas noticias o los problemas financieros. Con ello, el esfuerzo adaptativo exigido a las personas ha sido llevado a su límite.

Hablando del país, por ejemplo, el Instituto Universitario de Opinión Pública de la UCA (IUDOP), reportó en julio de 2020 en un sondeo nacional de opinión que, a diario o hasta dos veces por semana, casi 6 de cada 10 personas reportó sentirse preocupada, un 45% sintió miedo o temor y un 40% sintió desesperación. Todo esto en un país cuyas múltiples vulnerabilidades ya constituían un desafío importante para la gran mayoría de la población.

Condiciones como las expuestas han motivado el desarrollo de iniciativas de investigación sobre estos impactos en la salud mental a nivel mundial y en el país. En el ámbito nacional, al menos, el MINED (como parte de las pruebas AVANZO) y la Universidad Tecnológica (UTEC), llevaron a cabo investigaciones sobre el impacto emocional durante la pandemia, respectivamente, en estudiantes salvadoreños de bachillerato y universitarios. Los estudios nacionales evidenciaron que las jóvenes (bachilleres y universitarias) manifiestan niveles más altos de ansiedad y depresión que los jóvenes.

La UDB igualmente figuró en este concierto de investigaciones sobre síntomas emocionales. De hecho, la primera investigación publicada sobre el impacto emocional de la pandemia en el país llevó la refrenda de la UDB (y la Universidad de la Frontera -UFRO-, de Chile).  La investigación fue publicada en una revista especializada y exploró la manifestación y presencia de estrés, ansiedad y depresión al inicio de la cuarentena domiciliar a partir de una muestra por conveniencia de 339 salvadoreños y salvadoreñas.

Entre otras cosas, la investigación constató que el 75% de la muestra manifestaba niveles leves de síntomas emocionales; las mujeres manifestaron niveles estadísticamente mayores de estrés y ansiedad que los hombres (en consonancia con los estudios nacionales y la evidencia internacional); se percibía, además, un alto nivel de alteración de rutinas. Asimismo, se encontró que ser joven, percibir deterioro de los vínculos en el hogar y el temor al contagio constituyeron predictores estadísticos comunes a los tres síntomas emocionales.

Recientemente la investigación fue incluida en un meta-análisis acerca de la prevalencia de ansiedad en población común. Esto permite extraer aspectos coincidentes y distintivos entre los hallazgos nacionales y los encontrados en otros países. El estudio salvadoreño coincidió con varios estudios incluidos en el meta-análisis en reportar niveles significativamente mayores de ansiedad en mujeres, en los más jóvenes y en estudiantes.

Una pista sobre el nivel más alto de síntomas emocionales en mujeres constituye uno de los hallazgos distintivos del estudio nacional: ellas percibieron mayor deterioro de la calidad de las relaciones en el hogar durante la cuarentena y esto se relacionó con la alteración de rutinas. En otras palabras, se trata de un factor explicativo contextual y cultural referido a los imperativos de gestión de emociones, conflictos y cuidado de otros que recae sobre las mujeres y que se habrían exacerbado durante la cuarentena domiciliar obligatoria.

Los resultados constantes en los estudios –mayor impacto emocional en mujeres, jóvenes y estudiantes– son relevantes para el ámbito universitario. Algo se ha dicho sobre el género, mientras que, sobre la juventud y el rendimiento académico, cabe señalar que la pandemia cortó de tajo las experiencias propias de este momento del ciclo vital (amistades, pareja, esparcimiento, planes de futuro). Asimismo, devalúo o al menos alteró drásticamente la experiencia de estudio con la virtualidad obligatoria y sus vicisitudes particulares.

La investigación sobre la salud mental y sus implicaciones ha llegado para quedarse pues se espera que las consecuencias de la emergencia sanitaria sean duraderas, y pasará mucho tiempo para que las rutinas sociales se normalicen. La universidad debe asumir su rol insustituible de producción de conocimiento especializado, situado y oportuno, para contribuir con la identificación de fenómenos, necesidades y alternativas de cara a los desafíos sociales abiertos por la pandemia.